¿Y entonces… qué nos queda?
La inteligencia artificial ya cambió las reglas del juego. Hoy podemos ser muchas veces más productivos si sabemos usarla bien, y quienes no lo hacen parten con una desventaja enorme. No usar AI en el día a día es como correr una carrera de bicicletas eléctricas siendo el único con una bicicleta normal.
Eso ya no está en discusión.
Lo que sí me inquieta es otra cosa. Uso AI todos los días, aprendo constantemente a exprimir su potencial, y aun así siento miedo. Miedo de que nuestras carreras profesionales se conviertan en una competencia de velocidad: quién aprende mejor la herramienta, quién va más rápido, quién produce más. Porque si todo se reduce a eso, la vida profesional se vuelve plana. Predecible. Aburrida.
Y entonces ¿qué queda? ¿Qué es lo verdaderamente importante?
Más allá de dominar herramientas y del conocimiento técnico de nuestra área, ¿qué es lo que realmente nos va a diferenciar? En mi caso, antes era ser un buen ingeniero. Hoy es ser un ingeniero AI-native. Pero eso no puede ser todo.
Aquí es donde quiero traer una analogía muy personal: mi pasión por la música, soy DJ y me apasiona ver un gran DJ.
El mejor DJ no es el que tiene la técnica más perfecta ni el que domina mejor sus equipos. Eso es básico, necesario, indiscutible. Pero no es lo que separa a uno bueno de uno extraordinario. La verdadera diferencia está en el buen gusto: en saber elegir, en reconocer qué es mediocre, qué es bueno y qué es verdaderamente hermoso.
La mejor fiesta no la hace quien usa mejor sus instrumentos, sino quien pone las mejores canciones en el momento adecuado. Y no es casualidad: la gente se queda donde la experiencia es buena. Donde se siente algo. Donde quiera volver.
En el fondo, eso también es negocio.
La atención de las personas es el recurso más escaso que existe hoy. Y la atención sostenida y genuina es lo que luego se convierte en confianza, adopción, lealtad y, eventualmente, en clientes. Internos o externos.
Las buenas experiencias no solo se recuerdan, las quieres repetir, te obsesionas.
En tecnología esto puede sonar abstracto, pero no lo es.
¿Qué es lo más bonito de mi trabajo?
¿Qué es lo más bello que puedo entregar?
¿Cuál es la diferencia entre un producto o una experiencia correcta y una memorable?
Diseñar una gran experiencia, no solo una funcional, exige criterio. Y ese criterio impacta directamente en resultados: en productos que se usan, en procesos que se adoptan, en equipos que confían. El buen gusto no es un lujo estético; es una ventaja competitiva.
Ese criterio se puede entrenar. El buen gusto puede ser innato, sí, pero también se afila. Eso es lo que hacen los buenos artistas, y también las buenas empresas.
Un buen escritor es, antes que nada, un gran lector. Un buen compositor es un melomano, un buen director un cinéfilo. Se expone a lo bello para aprender a reconocer lo bello. Solo así se aprende a distinguir, cada vez más rápido, lo que vale la pena. Y lo que vale la pena es, casi siempre, lo que conecta.
Estamos entrando en una era donde lo trivial, lo mecánico, lo repetitivo y lo puramente teórico pasan a segundo plano. Eso se lo dejamos a las máquinas. A la AI. Lo que queda del lado humano es lo que genera atención, significado y valor: criterio, sensibilidad, buen juicio. Y por eso soy optimista.
¿Y qué pasa si yo no soy diseñador y si yo no soy artista?
Sí lo somos.
Si entendemos cada cosa que hacemos, por pequeña que sea, como algo digno de cuidado, entramos en ese terreno. Cómo escribimos. Cómo hablamos. Cómo nos vemos. Cómo estructuramos una reunión. Cómo diseñamos un flujo. Cómo respondemos un correo. Si escribimos código, hacerlo limpio, legible, elegante. Si lideramos personas, crear interacciones que dejen huella. Si construimos productos, pensar no solo en que funcionen, sino en que sean deseables.
Las herramientas ayudan, claro. Pero sin criterio no sabremos reconocer si lo que estamos haciendo es simplemente suficiente… o realmente bueno. Y lo suficiente rara vez captura atención. Lo realmente bueno, sí.
¿Dónde se desarrolla ese criterio? Exponiéndonos a lo bien hecho. No solo dentro de nuestra disciplina. Hay que ser completos. Aprender de todo. Wear many hats: diseño, ingeniería, marketing, ventas, liderazgo. Especializarnos en algo, sí, pero sin dejar de aprender de múltiples mundos. Exponernos a buenas experiencias, a la filosofía, a la ficción, al arte, al mundo, a la vida.
Leer a los mejores. Escuchar a los mejores. Aprender de los mejores. Rodearnos de quienes trabajan como artesanos.
Esa capacidad será el gran diferenciador entre quienes hacen las cosas por hacerlas incluso con máxima productividad y quienes construyen algo que la gente elige, recuerda y recomienda.
Robert A. Heinlein escribió:
“Un ser humano debería ser capaz de cambiar un pañal, planear una invasión, faenar un cerdo, comandar un barco, diseñar un edificio, escribir un soneto, equilibrar cuentas, construir un muro, curar un hueso, consolar a los moribundos, recibir órdenes, dar órdenes, cooperar, actuar solo, resolver ecuaciones, analizar un problema nuevo, echar estiércol, programar una computadora, cocinar una comida rica, pelear eficientemente, morir con valentía. La especialización es para insectos.”
Los mejores ingenieros son artistas. Ingenieros creativos. Los mejores Product Managers y diseñados son también ingenieros.
Desarrollar el gusto es aprender a elegir mejor. Y solo elegimos mejor cuando tenemos contexto, cuando entendemos qué es bueno, qué es bello y qué conecta con las personas.
Entonces vuelvo a la pregunta inicial:
¿quién va a usar mejor la inteligencia artificial?
¿El que produce más?
¿O el que tiene mejor criterio para crear cosas bellas?
La productividad va a dejar de ser suficiente.
El verdadero diferencial, en la era de la AI, será el criterio.